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Diego Velázquez: Maestro de Maestros

Friday, November 4th, 2011

Hay artistas que prefieren dibujar, como es el caso de Dalí. Otros expresar, como Matisse. Y Velázquez, a quienes lo que motiva para vivir es pintar… Siendo los tres grandes y universales artistas, quizá Velázquez haya obtenido el galardón del más grande pintor de toda la historia por esa peculiaridad que le hizo un genio.

Velázquez, como tantos artistas en todas las disciplinas y durante toda la historia, fue bastante cuestionado en vida por la crítica de la época. Y si se le conocía era porque con su mano diestra fue capaz de ganarse la vida con su oficio, allá por el siglo XVII. Pero nunca tuvo la repercusión universal que tendría en el futuro, sobre todo para el movimiento impresionista, un movimiento que reinventó su pincelada, y para el sin par Francisco de Goya, del cuál os hablaré otro día.

Velázquez nació en Sevilla (Spain), una ciudad rica por esa época. Él era el mayor de sus hermanos y muy pronto quiso pintar, demostrando mucho talento. Sus padres pudieron ayudarle, así que comenzó su trabajo de aprendizaje a la tierna edad de 10 años, primero en un taller y luego en otro, donde sus principales obligaciones pasaban por moler los colores, calentar las colas, decantar los barnices, tensar los lienzos y armar bastidores. A cambio además de casa y comida, el maestro le enseñaba el “arte bien según tú lo sabes sin encubrir cosa alguna”. Tuvo dos maestros en su infancia. El primero le duró poco, pero le enseñó a ver su talento único, a tener libertad en su mano, la mano de Velázquez. El segundo le dirigió y no limitó sus capacidades.

Para conseguir pintar un cuadro como Las Meninas, La fábula de Aracne (Las hilanderas), o el Retrato del enano Sebastián Morra, expuestos en el Museo del Prado, hay que aprender, y el aprendizaje conlleva una evolución. Por eso Velázquez pasó muchas fases en su vida, y en cada una demostró su talento y su voluntad de hacerlo cada vez mejor. Así, al principio consiguió imitar lo natural a través de su pincelada, las calidades de las ropas y los relieves, domimando con gran maestría el claroscuro, al más puro estilo Caravaggio. Dirigiendo una fuente de luz a un objeto conseguía acentuar los detalles y los volúmenes de los objetos sencillos. Después viajó a Italia para conocer a otros artistas, y a partir de ahí abandonó el tenebrismo, el claroscuro, buscando desde entonces la importancia de la atmósfera en sus obras. Los personajes de sus cuadros aparecen en un ambiente real, los objetos más cercanos cobran importancia y calidez tonal, los más lejanos se azulan y enfrian y pierden detalle. Busca la profundidad visual en los cuadros que pinta, se preocupa por el desnudo humano y por la riqueza de las expresiones, busca los juegos de luces, la claridad y armonía del color, y una composición más compleja y sólida.

A su vuelta a Madrid, comienza la madurez de su obra y ahí es cuando se empiezan a mostrar las cualidades del pintor que era Velázquez, y lo que os decía al principio: Diego Velázquez deja de modelar la forma de las cosas cuando pinta y opta por dar a través de sus pinceladas impresiones visuales, usando la luz y sus efectos en las cosas representadas en la pintura. Así simplificaba pintar, para pintar mejor, más libremente, y eso se consigue a través del aprendizaje, de un gran dominio de la técnica, de tener seguridad en la ejecución e instinto para decidir qué es lo interesante a ojos del espectador en una obra de una gran expresión visual y a través de una simple pincelada.

Si os fijáis, eso que hacía Velázquez se podría aplicar a cualquier disciplina, a cualquier cosa que os guste hacer. Velázquez amaba lo que hacía, era perseverante e innovador, no se conformaba. Por eso, además de por su incuestionable talento, consiguó tener un lenguaje pictórico propio, en el que con una paleta de colores restringida, una combinación extraordinara de pinceladas sueltas de colores transparentes y toques precisos de color, consiguó desarrollar la obra que todos hoy admiramos y que le convierten en el padre de la pintura moderna. Lo hizo a través del conocimiento de otros pintores, del trabajo, del desarrollo de su propia técnica y de un proceso profundo de maduración interior. ¡Como la vida misma!

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El color

Thursday, October 27th, 2011

El mundo es luminoso y está lleno de colores, y lo sabemos porque nosotros, los humanos, vemos el color cuando percibimos la luz a través de la vista. Tenemos vista gracias a nuestros ojos, ¡claro!, pero la cosa no se queda ahí: los ojos y nuestro cerebro funcionan juntos en esto. Una vez llega la luz a nuestros ojos, estos emiten señales nerviosas a nuestro cerebro, que es el que interpreta el color que estamos viendo. Por eso somos capaces de ver, conocer y distinguir muchos colores.

Los objetos de nuestro alrededor dependen de la luz que reciben para ser vistos por nosotros de uno u otro color. Cualquier objeto, una camiseta, una sandía, cualquier cosa, absorbe ondas electromagnéticas y refleja otras. Las ondas electromágneticas no son, ni más ni menos que rayos de luz. Es la energía que procede del exterior, la que nos rodea cada día. Os pongo un ejemplo: tenemos una manzana y nuestro cerebro interpreta que es de color rojo, pero lo hace con una luz adecuada para percibir el color brillante, sabroso de la manzana. La manzana absorbe para sí todos los colores que proceden de la luz, menos uno, el que refleja. En este caso el color rojo, que es el que vemos. Pero puede ocurrir que apenas exista luz en el sitio donde observamos la manzana. Si el color dependiera sólo de las ondas que refleja dicha manzana, nosotros seguiríamos viéndola igual de roja, pero eso no es así, porque la luz ha variado y nuestro cerebro vuelve a interpretar el color de la manzana. ¡Quédate completamente a oscuras en una habitación y verás cuando se acostumbre tu ojo a la oscuridad cómo cambian las cosas de color! Pensándolo, es casi magia.

Los humanos no somos capaces de distinguir la infinidad de colores que existen a través de nuestros ojos. ¡Sí, esos que luego interpreta el cerebro! Parece mentira, pero es así Las personas tenemos ojos con percepción tricrómica. Eso significa que nuestros ojos son sensibles a tres colores: azul, rojo y verde y a todas las mezclas posibles con ellos tres, que son muchísimas, pero no todas. En los ojos tenemos conos y cada uno se encarga de un color. Hay otras células similares a los conos, llamadas bastones, que sólo se activan con la oscuridad. Los bastones permiten distinguir el negro y el blanco. Vuelve a hacer la prueba de observar lo que se percibe en la oscuridad y te darás cuenta.

En el reino animal no se suelen percibir bien los colores, pero algunos animales ven colores que nosotros no somos capaces de distinguir. Las aves, por ejemplo, sí lo hacen. Ellas tienen preferencia por los colores rojizos, los insectos por los azules, los animales nocturnos ven en blanco y negro… También existen algunas aves y marsupiales que tienen visión tetracrómata, es decir, que pueden ser receptores de cuatro colores primarios: el rojo, el verde, el azul y el ultravioleta. Y así un largo etcétera de peculiaridades… Cada especie ve las cosas de una forma diferente, aunque sea la misma cosa,

Existen dos formas de ver los colores a través de nuestros ojos:

  • La síntesis aditiva, descubierta por Newton, que determina, a través de un experimento, que la suma de los colores luz primarios (rojo, verde y azul), da lugar a tres colores más claros, hasta producir el color luz blanco. Y la ausencia de dichos colores produce el negro, que es el no color. Newton demostró que la luz solar (luz natural, luz blanca) tiene todos los colores del espectro de luz, millones y millones, incluyendo los que el ojo humano no ve.
  • La síntesis sustractiva, que es la que más conocemos. Se consigue cuando se mezclan pinturas, tintes y pigmentos sobre un objeto, cosa que hacemos muy bien los humanos. Este objeto absorbe todos los colores y refleja un color que es el color que vemos, lo que ya os he explicado. En este caso se parte del color acromático blanco (un papel, por ejemplo) para “pintar” sobre uno o varios colores. Los colores primarios en este tipo de síntesis son cian, magenta y amarillo. A medida que mezclamos dichos colores, aparecen sus colores secundarios, que oscurecen los primarios, hasta obtener en esa suma, el negro. Recordad que todos los objetos de la Tierra están “pintados”, tienen pigmentos que le dan su color, como una piedra gris o un señor calvo rosa.

Así que, además de muchísimos colores, nuestro ojo ve el banco y el negro. Según la síntesis aditiva, el blanco es la suma de todos los colores y el negro la ausencia de todos ellos. Y según la síntesis sustractiva, el blanco es un no color y el negro la superposición de todos los colores… ¡Vaya lio! Os lo digo porque a veces se usan los colores de una forma u otra, aunque nosotros los veamos igual. Un ordenador, por ejemplo, actúa con la síntesis aditiva para que podamos ver los colores a través de él. Sin embargo, cuando coloreamos un dibujo aplicamos la síntesis sustractiva.

A mi me encantan los colores, verlos, sentirlos y jugar con ellos… ¡Me gustan todos, todos, toditos!

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